TANGO SIN MEMORIA - PORTADAS Y RESEÑAS








/ Estamos en la España pacata y provinciana de los años sesenta. Tres beatonas atisban la calle y son capaces de encontrar reparos y faltas pecaminosas de comportamiento en todo aquel que pasa; con tanta rectitud juzgan el entorno que ellas mismas no podrían por menos que encontrarse tachas, a poco que descorrieran un poco su velo de hipocresía. Sin embargo, callan, aprietan los dientes y siguen manteniendo las apariencias. Tango sin memoria, la primera novela de la escritora valenciana Elena Casero, reeditada ahora por Talentura, es todo un ejercicio literario en el que este enfrentamiento entre realidad y deseo, entre aquello a lo que nos obliga la convención social y aquello a lo que nos impulsa nuestro deseo alcanza en numerosas ocasiones cotas de tensión máxima. Tensión, eso sí, de puertas para adentro, porque de cara al exterior las mujeres que protagonizan la novela han de mantenerse “en su lugar”.
La pequeña chispa que de pronto prende en esta monotonía de rezos, letanías y adoraciones, viene provocada por unas cartas que Gracia, la más dinámica de las tres, la que aún mantiene un resto de corazón abierto a la vida, escribe en la soledad de su cuarto a un amante que dejó al otro lado del océano. Un hombre que al fin provocó su marcha de Argentina y su llegada a la ciudad opresiva y a la España cerrada en que, lentamente, se van extinguiendo sus días. La necesidad de callar, y disimular, la necesidad de aparentar un recogimiento y una contrición que en su interior está muy lejos de sentir, provocan al fin tome la pluma y escriba a aquel “Luis” que ya duda si fue real o si fue solo una ensoñación, a fuerza de negárselo. Son cartas destinadas a quedarse en el cajón, a no llegar nunca a su destinatario, pero a través de ellas asistimos al despertar de Gracia, al reconocimiento de su encierro, de la grisura de su vida, y consecuentemente al enfrentamiento con aquellos que la acompañan en sus largas jornadas. Un enfrentamiento en el que saldrán a relucir viejos fantasmas, sucesos ocultos, mentiras escondidas durante mucho, mucho tiempo, detrás de una apariencia de bondad absoluta, casi de santidad, de cara al vecindario.
El gran acierto de Tango sin memoria, sobre un tema, este de la pugna entre la verdad y el disimulo a que nos obliga la sociedad, que ya ha sido tratado numerosas veces, es que Elena Casero acierta a dar a sus personajes un tono humano, acierta en el matiz de no conceder a quien escribe las cartas y a quien la reprende por tales libertades un matiz absoluto, no convertirlos en personajes de una pieza destinados a la enemistad, sino que el lector puede llegar a entender, y acabar comprendiendo, al personaje de Julia, por ejemplo, aquella de mirada más severa, la más reprensora de la libertad de las costumbres. Elena Casero acierta a trazar, detrás del ceño siempre fruncido de Julia, a un verdadero ser humano condicionado por la ignorancia y el miedo, a otra víctima más de la época. Lejos de aquellas novelas categóricas que establecían una clara distinción entre opresores y oprimidos, y un claro, pues, reparto de responsabilidades, en Tango sin memoria nos encontramos con un profundo matiz de comprensión.
No se trata, pues, de ajustar cuentas, un error en el que quizás cayeron novelas de este estilo contemporáneas de la época que se cuenta; se trata de centrar la mirada en la humanidad que hay detrás de cada personaje, y se trata de acabar abriendo una puerta a la esperanza, a la posibilidad de que incluso (como se apunta en excepcional final) los cuervos negros puedan graznar delicadas canciones de amor. Siempre hay una salida en el laberinto para poder ponerse a salvo, sin más daño (pero no es poco) que el tiempo, a veces inmenso, que hemos tardado en encontrarla.
 



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